“PROFETA POLÍTICO”: CUANDO CINCO PALABRAS SUSTITUYEN UNA ENTREVISTA COMPLETA

Antes de comenzar, me perdonan quienes pretenden que escriba el siguiente análisis en una servilleta. Ya vimos lo que ocurre cuando se intenta hacer teología, hermenéutica y análisis político de esa manera: se toman cinco palabras, se eliminan varios minutos de contexto y después se construye toda una doctrina alrededor de lo que quedó escrito en la servilleta. Precisamente eso ocurrió con la expresión “profeta político”. Así que este escrito requiere unas cuantas líneas más. La verdad, cuando se quiere examinar seriamente, tiene esa mala costumbre de requerir contexto.
Hay momentos en que la controversia obliga a recurrir a una regla elemental que debería conocer cualquier estudiante de hermenéutica: un texto sin contexto puede convertirse fácilmente en un pretexto. Durante los últimos días se ha repetido, comentado y utilizado la expresión “profeta político”, pronunciada por el licenciado Juan Manuel Gaud, como si esas palabras constituyeran por sí solas una confesión doctrinal, una declaración de partidismo religioso o una pretensión de autoridad divina sobre la política puertorriqueña.
Pero ahora tenemos algo mucho más importante que las interpretaciones de terceros: la entrevista.
Ya no necesitamos especular sobre qué quiso decir. Podemos examinar lo que dijo antes, lo que explicó inmediatamente después y cómo definió él mismo lo que entendía por función profética. Y cuando hacemos ese ejercicio, la interpretación construida en torno al fragmento comienza a enfrentar problemas bastante serios.

SÍ LO DIJO. ESE NUNCA FUE EL ASUNTO.

Comencemos sin esconder absolutamente nada.
Juan Gaud dijo:

“Yo tengo mi lado profético en lo que hago… yo soy un profeta político porque fui llamado a esto…”

Eso está en la entrevista.
No hay necesidad de negar la frase, de maquillarla ni de pretender que nunca existió. La pregunta sería que comienza precisamente después de reconocerla:
¿Qué quiso decir Gaud al utilizar esas palabras?
La interpretación responsable no termina cuando encontramos la expresión que buscábamos. Comienza allí.
Porque quién extrae cinco palabras, les asigna una definición que el propio hablante no ofreció y luego construye una acusación en torno a esa definición, no está interpretando el discurso completo. Está sustituyendo las palabras del hablante por las propias.
El propio contexto comienza a responder la pregunta de inmediato. Gaud habla de movimientos de oración, de la coordinación entre iglesias, de su percepción de un llamado particular en la esfera pública y de la necesidad de que la Iglesia funcione como cuerpo. Poco después rechaza precisamente una concepción individualista fundamentada simplemente en “Dios me dijo”:

“Ya no se trata de ‘Dios me dijo’. Se trata de que Dios le está hablando a la iglesia. Dios le está hablando a su cuerpo.”

Eso importa. No encontramos ahí a un hombre diciendo: “Dios me reveló algo políticamente y ustedes tienen que obedecerme”. Encontramos una advertencia contra convertir la experiencia individual en una autoridad absoluta. Curiosamente, esa parte no encaja tan bien en la servilleta.

EL “PROFETA” QUE DICE QUE PUEDE EQUIVOCARSE

La conversación se vuelve aún más interesante. Uno de los entrevistadores responde, evidentemente en tono jocoso:

“Ahora tengo miedo porque te acabas de declarar profeta político.” (Fernad Reyes)

¿Y qué responde Gaud? ¿Dice acaso: “Sí, porque Dios habla por mí y nadie puede cuestionarme”?
No.
Dice:

“la profecía se discierne por los otros profetas”.

Y acto seguido añade una frase que prácticamente destruye la idea de una supuesta infalibilidad personal:

“Yo soy carnal, yo tengo errores”.

Detengámonos ahí.
El hombre al que algunos quieren presentar como alguien que se ha autoproclamado autoridad profética incuestionable está diciendo públicamente que puede equivocarse y que lo que diga debe ser discernido.
Se puede discutir su interpretación teológica. Se puede cuestionar si “profeta político” fue una expresión prudente. Se puede debatir incluso qué significado contemporáneo debemos darle al ministerio profético.
Todo eso es legítimo.
Lo que no resulta intelectualmente legítimo es eliminar precisamente las oraciones que explican cómo él mismo entiende lo que acaba de decir.

¿QUÉ ENTIENDE GAUD POR PROFECÍA?

Aquí llegamos, posiblemente, al punto más importante de toda la entrevista.
Gaud continúa explicando:

“El profeta habla por parte de Dios. Cuando el profeta te habla, te tiene que llevar a Dios.”

Y acto seguido hace una precisión fundamental:

“Y el profeta molesta. No solamente hecho futuro. Si no hay amonestación, no es profecía. Es simplemente una palabra de futuro.”

Ahí tenemos su propia definición funcional. Para Gaud, en esta conversación, la profecía no consiste simplemente en predecir acontecimientos futuros. Mucho menos encontramos que la profecía signifique: “Dios me reveló quién ganará las elecciones.” “Dios me dijo cuál es el candidato escogido.”
“Este partido representa a Dios.”
O:
“Si usted no vota por nosotros está traicionando su fe.” Nada de eso aparece en este segmento. Por el contrario, relaciona la función profética con la amonestación, la confrontación y la orientación hacia Dios. Y entonces el paralelismo bíblico cambia considerablemente. Jeremías habló a gobernantes. Isaías habló a los reyes sobre decisiones nacionales. Natán confrontó directamente al rey David. Daniel aconsejó a los gobernantes de sistemas políticos paganos. Juan el Bautista confrontó públicamente a Herodes. La presencia de una voz religiosa frente al poder político no constituye, por sí misma, una aberración bíblica. La pregunta correcta es: ¿qué hace esa voz con el poder?

NI SILENCIO NI DOMINIO

Más adelante, Gaud prácticamente define qué entiende por esa presencia cristiana dentro del mundo político:

“ni silencio ni dominio… no nos vamos a callar, pero yo no voy a gobernar el mundo político, yo voy a influenciar”.

Lean eso nuevamente.
“No voy a gobernar el mundo político.”
¿Dónde está ahí el llamado a una teocracia? ¿Dónde está la declaración de que la Iglesia debe controlar el Estado? ¿Dónde está la afirmación de que un partido es el brazo político de Dios? No está.
Lo que afirma es otra cosa: No silencio, pero tampoco dominio. Influencia. Ese concepto puede discutirse, matizarse e incluso cuestionarse. Pero tiene que discutirse tal como fue expresado, no como resulte más conveniente reconstruirlo después. Ahí precisamente está una diferencia fundamental entre interpretar y fabricar una interpretación.

TAMPOCO DIJO: “DIOS ESTÁ DE MI LADO POLÍTICO”

La conversación aporta todavía otra pieza que resulta bastante incómoda para determinadas interpretaciones.
Gaud afirma que Jesús:

“no vino a asumir bandos entre nosotros”

y rechaza expresamente la utilización de Dios como arma contra quién se encuentra en el otro lado:

“Como tú no estás conmigo, Dios te va a hacer canto; ese no es el Dios que yo conozco, ese no es el Dios bíblico”.

Entonces tenemos un problema hermenéutico muy sencillo. Si alguien quiere argumentar que cuando Gaud dijo “profeta político” quiso decir:
“Dios está con mi bando político y contra los demás”,
tendrá que explicar por qué, pocos minutos después, el mismo Gaud rechaza precisamente esa manera de utilizar a Dios. No basta repetir:
“Pero dijo profeta político.” Sí. Ya sabemos que lo dijo. La cuestión que estamos examinando es qué significó cuando lo dijo.

REVELACIÓN DIVINA NO ES LO MISMO QUE ANÁLISIS

Hay incluso una pequeña frase al comienzo de la conversación que cobra particular importancia al considerar el contexto en su conjunto.
Ante un comentario realizado en el programa, Gaud dice:

“Eso no es revelación divina; es análisis de hechos”.

Es decir, el propio Gaud distingue verbalmente entre la revelación divina y el análisis humano. Esto es exactamente lo contrario de la caricatura según la cual todo lo que se diga en política se presentaría como una revelación divina. Nuevamente: puede discutirse su teología, su terminología y su manera de expresarse. Pero hay que discutir lo que dijo, no lo que sería conveniente que hubiese dicho para sostener una acusación.

¿FUE PRUDENTE DECIR “PROFETA POLÍTICO”?

Creo que fue una expresión que no utilizaría. No porque el concepto que posteriormente explica sea necesariamente antibíblico, sino porque juntar hoy las palabras “profeta” y “político” activa inmediatamente asociaciones con un fenómeno que hemos visto demasiadas veces: personas que declaran candidatos escogidos por Dios, profetizan resultados electorales, anuncian victorias partidistas y tratan de convertir las preferencias políticas en pruebas de espiritualidad. Precisamente por eso había que preguntarle qué quiso decir. Y, afortunadamente, no tenemos que imaginarlo.
Lo explicó.
Una expresión desafortunada no concede licencia para inventarle al hablante una doctrina que no expresó.

Y AHORA VIENE LA PARTE INCÓMODA

Aquí es donde el debate debe abandonar las consignas y entrar en el terreno de la consistencia. Si vamos a utilizar peyorativamente la expresión “profeta político” para identificar a quienes introducen supuestas revelaciones divinas en procesos electorales, entonces apliquemos esa definición rigurosamente y sin excepciones partidistas.
Preguntemos:
¿Quiénes declararon que determinados candidatos ganarían porque Dios así lo había revelado?
¿Quiénes anunciaron victorias electorales en lenguaje profético?
¿Quiénes presentaron una colectividad política como la verdadera representación de la Iglesia?
¿Quiénes utilizaron figuras bíblicas como Esaú y la progenitura para insinuar que un cristiano podía comprometer espiritualmente algo suyo por votar de determinada manera?
Esas preguntas son mucho más relevantes para definir el fenómeno del “profeta político” que para aislar cinco palabras pronunciadas en una conversación de varios minutos.
Y aquí debe quedar muy claro: esto no es tu quoque. El argumento no puede ser: “ellos también lo hicieron; por tanto, Gaud está en lo cierto”.
No.
El argumento es mucho más serio: definamos primero el fenómeno y luego apliquemos la definición a todos bajo el mismo estándar. Porque si “profeta político” significa alguien que pretende recibir de Dios información sobre elecciones, candidatos, partidos y resultados electorales, entonces busquemos precisamente esas expresiones. Si significa que alguien convierte un partido político en una extensión de la Iglesia, documentemos quién lo ha hecho.
Y si significa simplemente que un creyente considera que tiene la responsabilidad de amonestar, aconsejar e influir en el mundo político, entonces tendremos que explicar qué hacemos bíblicamente con Natán, Isaías, Jeremías, Daniel y Juan el Bautista. No podemos cambiar la definición según quién este sentado en la silla.

LA DIFERENCIA ENTRE HABLAR AL PODER Y HABLAR POR DIOS SOBRE QUIÉN DEBE TENER EL PODER

Ahí, finalmente, está el corazón del asunto. No es lo mismo: hablar proféticamente al poder que pretender hablar en nombre de Dios sobre quién debe ejercerlo. La primera categoría cuenta con abundantes precedentes bíblicos. La segunda requiere un escrutinio extraordinariamente serio, precisamente porque coloca el nombre y la autoridad de Dios detrás de una preferencia o predicción política. Y esa diferencia no puede borrarse porque resulte inconveniente. Por eso, si alguien quiere cuestionar bíblicamente las expresiones de Juan Gaud, adelante. Que presente su exégesis. Que confronte sus argumentos. Que analice su teología del espacio público. Que examine sus actuaciones como funcionario. Que fiscalice a Base de Fe. Que investigue programas, recursos, decisiones y resultados. Eso es legítimo.
Pero si se va a utilizar la frase “yo soy un profeta político” como prueba de una acusación mucho mayor, entonces existe una obligación mínima:
presentar lo que dijo antes y lo que dijo después. Porque ahora tenemos la entrevista.
Y la entrevista demuestra que, inmediatamente después de emplear aquella expresión, Gaud reconoce su falibilidad, afirma que sus palabras deben ser discernidas, distingue la profecía de la mera predicción futura, rechaza que Dios sea utilizado como arma contra otro bando político y declara expresamente que su propósito no es gobernar el mundo político, sino influir en él. Se puede estar en desacuerdo con él.
Lo que ya resulta mucho más difícil es sostener responsablemente que el contexto no existe.
Y por eso regreso al comienzo. Me perdonan quienes preferían este análisis escrito en una servilleta. El problema es que cuando uno escucha solamente cinco palabras, corta todo lo que viene antes, elimina todo lo que viene después, les coloca encima una definición que el hablante no utilizó y después presenta esa construcción como si fuera lo que realmente dijo; ya no estamos hablando de una diferencia legítima de interpretación.

Estamos manipulando.

Gracias por su atención, Dr. Daniel Marte, quién no sabe escribir poco.

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