¿Estamos más comprometidos con la misión de Cristo o con nuestras propias estructuras, protagonismos y agendas?

“¿Misión de Cristo o nuestras propias agendas?”

Hay preguntas que no se formulan para señalar a otros, sino para obligarnos a mirarnos con seriedad en el espejo. Esta es una de ellas: ¿estamos más comprometidos con la misión de Cristo o con nuestras propias estructuras, protagonismos y agendas? La pregunta no es retórica ni pretende acusar indiscriminadamente a la Iglesia ni a su liderazgo. Surge, más bien, de observar una contradicción cada vez más difícil de ignorar: hablamos constantemente de evangelismo, de alcanzar almas, de buscar al perdido, de salir de las cuatro paredes y de impactar nuestras comunidades, pero cuando llega el momento de respaldar, participar y trabajar juntos, muchas veces somos nosotros mismos quienes no aparecemos.

Cuando hablamos de evangelismo, pero no aparecemos

Durante las últimas semanas he estado involucrado en diversos esfuerzos de evangelismo y de servicio comunitario en distintos pueblos de la isla. He visto a personas invitadas dedicar su tiempo, viajar, invertir recursos propios y poner sus dones al servicio de comunidades que necesitan apoyo, orientación, esperanza y presencia. Sin embargo, para mi sorpresa y tristeza, la participación de gran parte del propio liderazgo cristiano local no ha sido la esperada cuando se toma en consideración la palabra empeñada. No hablo solamente de la grey, sino del liderazgo en general, porque quienes ocupan posiciones de autoridad espiritual también tienen la responsabilidad de modelar con su presencia aquello que predican desde el púlpito. Pedro exhorta a los pastores a ser ejemplos de la grey (1 Pedro 5:3), y eso significa que nuestras prioridades, nuestra participación y hasta nuestras ausencias también enseñan.

Un solo cuerpo, pero demasiados territorios

La Palabra de Dios nos recuerda que somos un solo cuerpo. Pablo explica en 1 Corintios 12 que ningún miembro puede decirle al otro: “No te necesito”, porque todos formamos parte de una misma realidad espiritual bajo una misma cabeza: Cristo. Sin embargo, en la práctica, con demasiada frecuencia actuamos como si el Reino dependiera de nuestras propias estructuras. Apoyamos con entusiasmo aquello que nace dentro de nuestro círculo, pero miramos con reservas lo que surge fuera de él; preguntamos quién organizó la actividad antes de preguntar a quién está beneficiando; nos preocupa quién recibirá el reconocimiento, quién aparece en la fotografía o qué institución figura en el encabezado antes de considerar si realmente se están alcanzando a las personas, sirviendo a las comunidades y abriendo puertas para el Evangelio.

Ese comportamiento debe llevarnos a examinar si hemos confundido la misión de Cristo con nuestras propias parcelas ministeriales. El Reino de Dios no lleva nuestro apellido, no pertenece a una denominación, a una congregación, a un concilio, a un ministerio ni a una oficina. Tampoco debería estar sujeto a rivalidades, celos, territorialismos ni protagonismos. Si una iniciativa es legítima, íntegra, útil y dirigida al bienestar de las personas, nuestra primera reacción no debería ser preguntarnos quién la controla, sino cómo podemos contribuir. No todo método nuevo será necesariamente correcto, pero tampoco todo método distinto al nuestro debe ser descartado simplemente porque no surgió de nuestra estructura o porque otro lo tuvo antes.

Entre el entusiasmo y el compromiso real

También debemos reconocer otro fenómeno que merece una reflexión seria. Podemos llenar conciertos, celebraciones, congresos y actividades de entretenimiento cristiano, pero cuando se convoca para capacitarse, evangelizar, servir a las comunidades, trabajar con jóvenes, acompañar a ancianos o involucrarse en iniciativas que requieren tiempo y compromiso, la respuesta suele ser muy distinta. Jesús dijo que la mies es mucha y los obreros pocos (Mateo 9:37), y quizá hemos repetido ese texto durante años pensando siempre en otros sin preguntarnos si nosotros mismos formamos parte del problema. Evangelizar cuesta; requiere tiempo, recursos, disciplina, paciencia, salir de nuestra comodidad, trabajar con personas diferentes y, en ocasiones, servir en espacios donde no tendremos control ni reconocimiento.

Decimos que amamos las almas, pero el amor bíblico no puede quedarse en el discurso. Santiago nos recuerda que debemos ser hacedores de la Palabra y no solamente oidores (Santiago 1:22). Si realmente creemos que alcanzar al perdido es parte esencial de nuestra misión, entonces debemos estar dispuestos a respaldar aquello que contribuya de manera sana y responsable a ese propósito. El amor cristiano tiene una dimensión práctica: se hace presente, acompaña, escucha, sirve, orienta y se involucra. Por eso resulta incoherente hablar de evangelismo con pasión mientras permanecemos ausentes de los espacios donde el evangelismo y el servicio realmente ocurren.

La crítica hacia afuera y el examen hacia adentro

La contradicción se vuelve aún más evidente cuando escuchamos constantemente quejas sobre la corrupción, la violencia, la pérdida de valores, la crisis de nuestra juventud, el abandono de nuestros ancianos, las drogas, la criminalidad o la inacción del Gobierno. Muchas de esas críticas pueden ser perfectamente legítimas, pero también es justo preguntarnos qué estamos haciendo nosotros cuando surgen oportunidades concretas para colaborar, educar, evangelizar y servir. Es demasiado fácil preguntar qué está haciendo el Gobierno, qué está haciendo tal organización o qué está haciendo otra iglesia; más difícil, pero mucho más necesario, es preguntarnos qué estamos haciendo nosotros.

No podemos exigir presencia a los demás mientras practicamos la ausencia. No podemos reclamar que la sociedad ha abandonado los valores cristianos mientras nosotros mismos abandonamos los espacios donde esos valores pueden ser enseñados, modelados y vividos. Tampoco podemos presentarnos como defensores de la comunidad mientras rehusamos colaborar por prejuicio, rivalidad o desconfianza simplemente porque una iniciativa se relaciona con una institución que no controlamos. En mi caso particular, resulta doloroso que personas que genuinamente estamos tratando de trabajar por nuestros jóvenes, nuestros ancianos, nuestras familias y nuestros pueblos podamos ser señaladas únicamente porque algunos de nuestros esfuerzos estén vinculados a una oficina gubernamental.

¿Quién recibe el crédito o la ayuda?

No deberíamos juzgar una obra solo por el nombre que figura en el encabezado. Deberíamos examinar su propósito, su integridad, sus frutos y a quién le sirve. Si una iniciativa permite llevar recursos a comunidades necesitadas, capacitar líderes, fortalecer familias, atender a jóvenes, acompañar a ancianos o crear espacios donde la Iglesia pueda servir a su pueblo, la pregunta principal no debería ser quién recibe el crédito, sino quién recibe la ayuda. Cuando permitimos que nuestras sospechas, rivalidades o agendas pesen más que las necesidades reales de las personas, corremos el riesgo de olvidar que la misión nunca fue sobre nosotros.

El liderazgo también predica con su presencia

Además, hay una responsabilidad particular en quienes ejercen liderazgo. Las ovejas observan al pastor y aprenden no solo de lo que escuchan en un sermón, sino también de aquello que ven respaldado por hechos. Si el liderazgo no participa, la congregación puede concluir que aquello no era tan importante. Si el liderazgo no coopera con los demás, la congregación puede aprender a practicar el territorialismo. Si el liderazgo critica constantemente a quienes sirven fuera de su círculo, la congregación aprenderá a sospechar y a dividirse. Pero si el liderazgo sirve, coopera, reconoce la labor ajena y entiende que el Reino es mayor que una congregación particular, también enseñará humildad, unidad y madurez espiritual.

Antes de señalar, debemos examinarnos

No escribo estas palabras desde una posición de superioridad moral. Todos necesitamos examinarnos y yo me incluyo primero. Siempre existe el peligro de denunciar en otros exactamente aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos. Por eso la pregunta no debe formularse para construir una acusación contra “ellos”, sino para provocar una evaluación sincera de nosotros. Antes de hablar de la falta de compromiso ajeno, debemos preguntarnos si nuestras propias decisiones reflejan realmente las prioridades que proclamamos.

El campo misionero también está frente a nuestra puerta

Podemos hablar de misiones en Venezuela, Cuba, República Dominicana, África o en cualquier otro lugar del mundo y, ciertamente, debemos respaldarlas. Pero también existe un campo misionero frente a nuestras propias puertas. Nuestros pueblos tienen jóvenes que necesitan dirección, ancianos que necesitan compañía, familias que necesitan apoyo y personas que necesitan escuchar el Evangelio. Isabela necesita obreros, Lares necesita obreros, Utuado necesita obreros y Puerto Rico necesita obreros. La misión no comienza necesariamente tomando un avión; muchas veces comienza caminando unas cuantas calles desde nuestra propia iglesia.

La pregunta que no debemos evadir

Tal vez ha llegado el momento de revisar nuestras prioridades con mayor honestidad. Cristo no nos llamó a construir pequeños reinos alrededor de nuestros nombres, ministerios o instituciones, sino a seguirlo, servir, buscar al perdido, amar al prójimo y trabajar como un cuerpo. Podemos hablar mucho sobre unidad, misión y evangelismo, pero al final nuestras acciones dirán con mucha más claridad qué ocupa realmente el primer lugar en nuestro corazón.

Por eso la pregunta permanece abierta y merece ser contestada con cuidado: ¿estamos más comprometidos con la misión de Cristo o con nuestras propias estructuras, protagonismos y agendas? La respuesta verdadera probablemente no estará en nuestros discursos, nuestros títulos, nuestros programas ni nuestras publicaciones. Estará en dónde estamos, con quién estamos dispuestos a trabajar y en qué estamos dispuestos a sacrificar cuando finalmente llegue el momento de servir.

Dr. Daniel Marte

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