Cuando la ignorancia se disfraza de fe: tres parábolas para reflexionar

Una reflexión bíblica sobre el fanatismo, la ignorancia, el discernimiento y nuestra responsabilidad como cristianos.

Hay historias que, independientemente de cómo hayan ocurrido o de los detalles que se les hayan añadido con el paso del tiempo, encierran enseñanzas que merecen nuestra atención. Algunas son tan sencillas que parecen insignificantes, pero cuando nos detenemos a examinarlas, descubrimos que nos confrontan con realidades que preferiríamos ignorar.

Quiero compartir tres relatos que podemos considerar como parábolas contemporáneas. No pretendo presentarlos como transcripciones judiciales ni hacer un análisis histórico de sus protagonistas. Mi propósito es utilizarlos como punto de partida para reflexionar, a la luz de las Escrituras, sobre algo que considero particularmente peligroso: la facilidad con que una persona puede llegar a defender una idea con absoluta convicción sin comprender realmente aquello que está defendiendo.

Y antes de continuar, quiero aclarar algo. Esta reflexión no está dirigida exclusivamente a los musulmanes, a los seguidores de determinada ideología ni a quienes pertenecen a una religión distinta de la nuestra. Está dirigida, en primer lugar, a nosotros mismos como cristianos, porque sería muy fácil reconocer los errores ajenos mientras permanecemos ciegos ante los nuestros.

Tres hombres, tres respuestas y una misma tragedia

Cuenta la primera historia que, durante el juicio contra uno de los responsables del asesinato del presidente egipcio Anwar el-Sadat, el juez le preguntó:

—¿Por qué lo mataste?

—Porque era seglar —respondió el acusado.

El juez quiso comprender su razonamiento y le hizo otra pregunta:

—¿Qué significa seglar?

El hombre respondió:

—No lo sé.

Detengámonos un momento en esa respuesta.

Un hombre había participado en la muerte de otro porque supuestamente representaba algo contrario a sus convicciones religiosas, pero ni siquiera podía explicar el significado de la palabra que utilizaba para justificar su acción.

La segunda historia gira en torno al escritor egipcio Naguib Mahfouz, Premio Nobel de Literatura, quién sobrevivió a un atentado perpetrado por un extremista religioso.

Según el relato, al agresor le preguntaron:

—¿Por qué lo apuñalaste?

—Porque escribió una novela contra la religión.

—¿La leíste?

—No.

Aquí encontramos a otra persona dispuesta a cometer un acto de violencia contra alguien por el contenido de un libro que jamás se había tomado el trabajo de leer.

La tercera historia, relacionada con el asesinato del intelectual egipcio Farag Foda, resulta aún más estremecedora.

—¿Por qué lo mataste?

—Porque no tenía fe.

—¿Cómo lo sabes?

—Está en sus libros.

—¿En cuál de ellos?

—No lo sé. No los he leído.

—¿Y por qué no los leíste?

—Porque no sé leer ni escribir.

No quiero que perdamos de vista algo importante. El problema de este último hombre no era que fuera analfabeto. Muchas personas que nunca tuvieron la oportunidad de recibir una educación formal poseen más sabiduría, prudencia y sentido de justicia que otras con títulos universitarios.

El verdadero problema era que había permitido que alguien más decidiera por él qué debía creer, a quién debía condenar y hasta quién merecía morir.

Y es precisamente aquí donde estas tres historias dejan de ser relatos sobre el extremismo religioso y comienzan a convertirse en un espejo en el que todos deberíamos mirarnos.

Cuando el fervor sustituye al conocimiento

El apóstol Pablo escribió en Romanos 10:2:

“Porque yo les doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a ciencia”.

¡Qué declaración tan extraordinaria!

Pablo estaba hablando de personas que tenían celo religioso, que se preocupaban por las cosas de Dios y que seguramente consideraban sinceras sus convicciones. Sin embargo, ese entusiasmo no estaba acompañado de un conocimiento correcto.

En otras palabras, una persona puede ser profundamente religiosa y estar profundamente equivocada.

Puede asistir a todos los cultos, participar en actividades ministeriales, defender apasionadamente una doctrina, citar versículos de memoria y aun así carecer del discernimiento necesario para comprender lo que dice.

No confundamos el entusiasmo con la madurez espiritual. Tampoco confundamos la firmeza con la verdad.

Proverbios 19:2 nos recuerda:

“El alma sin ciencia no es buena, y aquel que se apresura con los pies, peca”.

Me parece interesante que las Escrituras relacionen la falta de conocimiento con la precipitación. ¿Cuántos conflictos, divisiones y falsas acusaciones habríamos evitado si, antes de hablar, nos hubiéramos tomado el tiempo de investigar?

Hoy basta con que alguien utilice palabras como “hereje”, “apóstata”, “liberal”, “conservador”, “mundano” o “enemigo de Dios” para que algunas personas reaccionen de inmediato, sin siquiera detenerse a preguntarse qué significa realmente esa expresión o si corresponde a la persona señalada.

Y cuando una etiqueta reemplaza el conocimiento, dejamos de juzgar las ideas y comenzamos a condenar a las personas.

¿Cómo podemos condenar aquello que no conocemos?

La segunda parábola me recuerda una escena extraordinaria del Evangelio de Juan.

Cuando algunos líderes religiosos buscaban condenar a Jesús, Nicodemo intervino con una pregunta que todavía debería resonar en nuestras iglesias:

“¿Juzga acaso nuestra ley a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?” (Juan 7:51).

Nicodemo no estaba diciendo que toda enseñanza debía aceptarse sin cuestionamientos. Estaba recordando un principio elemental de justicia: antes de condenar a alguien, debemos escucharlo y conocer los hechos.

¡Y pensar que estamos hablando de una conversación ocurrida hace aproximadamente dos mil años!

Proverbios 18:13 lo expresa de manera igualmente contundente:

“Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio”.

Ahora traslademos ese principio a nuestra realidad.

¿Cuántas veces hemos visto a personas criticar una predicación que nunca escucharon completa? ¿Cuántos condenan un libro que jamás leyeron? ¿Cuántos comparten publicaciones contra alguien sin verificar la información? ¿Cuántos forman una opinión sobre una persona basándose únicamente en lo que dijo su pastor, su líder político, su comentarista favorito o alguien en las redes sociales?

Lo preocupante no es que existan diferencias de opinión. Las diferencias son inevitables, incluso entre creyentes sinceros.

Lo preocupante es la facilidad con la que algunos convierten opiniones ajenas en verdades absolutas sin pasar por el proceso de examinarlas.

No tenemos que estar de acuerdo con todo lo que escuchamos. Tampoco estamos obligados a aceptar doctrinas contrarias a nuestras convicciones. Pero si vamos a refutar una enseñanza, tenemos la responsabilidad de comprenderla correctamente.

De lo contrario, podríamos estar combatiendo una caricatura de lo que otra persona realmente cree.

Y eso no es defender la verdad. Eso es combatir contra algo que nosotros mismos hemos construido.

Cuando dejamos que otros piensen por nosotros

La tercera parábola nos lleva a una realidad aún más delicada: la responsabilidad de quienes ejercen autoridad espiritual.

Jesús dijo en Mateo 15:14:

“Y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo”.

Estas palabras fueron pronunciadas en un contexto de confrontación con líderes religiosos. Jesús estaba señalando el peligro de seguir a quienes pretendían guiar espiritualmente a otros sin comprender correctamente la voluntad de Dios.

Pero hay algo que merece nuestra atención.

El Señor no responsabilizó únicamente al guía. También advirtió sobre las consecuencias para quién lo sigue. Esto debería hacernos reflexionar sobre la importancia del discernimiento personal.

En Hechos 17:11 encontramos un ejemplo extraordinario. Los creyentes de Berea recibieron la predicación de Pablo con buena disposición, pero examinaban diariamente las Escrituras para comprobar si lo que escuchaban era cierto.

¡Estamos hablando del apóstol Pablo!

Si aquellos creyentes examinaban las enseñanzas apostólicas a la luz de las Escrituras, ¿con cuánta más razón debemos examinar hoy las enseñanzas de nuestros pastores, evangelistas, maestros, profetas, líderes religiosos y líderes políticos?

El respeto al liderazgo espiritual no significa renunciar al discernimiento.

Un pastor puede equivocarse. Un maestro puede interpretar incorrectamente un pasaje. Un predicador puede presentar información incompleta. Y un líder eclesiástico o político, por sincero que sea, puede dejarse llevar por sus emociones, preferencias personales o convicciones políticas.

Por eso Pablo escribió:

“Examinadlo todo; retened lo bueno” (1 Tesalonicenses 5:21).

Aunque esta exhortación aparece en un contexto relacionado con el discernimiento de las manifestaciones proféticas, nos recuerda que la vida cristiana no está llamada a basarse en una credulidad indiscriminada.

La autoridad espiritual legítima debe conducirnos hacia la verdad de Dios, no hacia una dependencia absoluta de las opiniones humanas.

A mi juicio, uno de los mayores fracasos de cualquier ministerio sería formar personas capaces de repetir todas las opiniones de su pastor, pero incapaces de explicar bíblicamente por qué creen lo que creen.

Porque entonces no estaríamos formando discípulos maduros. Estaríamos formando repetidores.

¿Es posible creer que defendemos a Dios mientras actuamos en contra de él?

Aquí llegamos a uno de los asuntos más delicados de toda esta reflexión.

Jesús hizo una advertencia que debería estremecer a cualquier persona que ejerza autoridad religiosa.

En Juan 16:2 declaró:

“Y aun viene la hora cuando cualquiera que os mate, pensará que rinde servicio a Dios”.

Observe cuidadosamente lo que dijo.

No afirmó que esas personas reconocieran que estaban haciendo algo malo. Por el contrario, explicó que pensarían que estarían sirviendo a Dios.

¡Qué tragedia!

Una persona puede llegar a convencerse de que su odio es celo espiritual, de que su intolerancia es fidelidad doctrinal y de que su persecución contra otros constituye un acto de obediencia religiosa. Y no necesitamos salir del cristianismo para encontrar un ejemplo. Tenemos al propio apóstol Pablo. Antes de su encuentro con Jesucristo, Saulo perseguía a los creyentes. Consideraba que estaba cumpliendo con su deber religioso. Él mismo reconoció en Hechos 26:9:

“Yo ciertamente había creído mi deber de hacer muchas cosas en nombre de Jesús de Nazaret”.

Pero camino a Damasco escuchó una pregunta que transformaría su vida:

“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” (Hechos 9:4).

¡Qué ironía tan profunda!

Saulo creía defender la causa de Dios, pero perseguía a quienes con quienes Cristo se identificaba.

Aquello que consideraba fidelidad religiosa resultó ser oposición al propio Señor.

Esto debería enseñarnos a ser extraordinariamente cuidadosos cuando afirmamos actuar en nombre de Dios.

No todo lo que hacemos con entusiasmo religioso honra a Cristo. No toda indignación es justa. No toda confrontación doctrinal está motivada por el amor a la verdad.

Y, sobre todo, no podemos utilizar el nombre de Dios para justificar comportamientos que contradicen sus mandamientos.

La verdad no requiere que abandonemos el amor para defenderla.

Hay algo que me preocupa cuando observo determinadas discusiones religiosas, especialmente en las redes sociales.

Algunas personas parecen convencidas de que, mientras estén defendiendo lo que consideran una doctrina correcta, tienen permiso para insultar, ridiculizar, humillar o destruir la reputación de quienes piensan diferente.

Pero ¿dónde encontramos semejante autorización en las Escrituras?

Pablo enseñó en 2 Timoteo 2:24-25 que el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable, apto para enseñar, sufrido y capaz de corregir con mansedumbre a quienes se oponen.

Notemos que Pablo no prohíbe corregir.

Tampoco exige abandonar nuestras convicciones para evitar confrontaciones.

Lo que establece es que hasta nuestra manera de corregir debe reflejar el carácter de Cristo.

Podemos defender la sana doctrina sin recurrir a la calumnia. Podemos denunciar el error sin despreciar a las personas. Podemos sostener nuestras convicciones sin convertir en enemigos a todos los que discrepan de nosotros. Y recordemos algo más: Jesús no nos mandó amar solamente a quienes comparten nuestra fe.

En Mateo 5:44 nos ordenó amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos persiguen.

Eso no significa tolerar la violencia, ignorar el crimen ni renunciar a la justicia. Significa que, aun cuando enfrentamos el mal, nuestra conducta debe permanecer sometida a la voluntad de Dios.

Si para defender mi fe necesito mentir sobre otra persona, entonces hay algo profundamente equivocado en la manera en que estoy defendiendo esa fe.

Y si para demostrar mi amor por Dios necesito cultivar odio hacia mi prójimo, debo regresar a las Escrituras y examinar cuidadosamente qué estoy entendiendo por amor y obediencia.

La responsabilidad de quienes enseñamos y dirigimos

Hay una pregunta que las tres parábolas dejan sin contestar, pero que considero fundamental.

¿Quién convenció a aquellos hombres de que sus víctimas merecían ser condenadas? ¿Quién les enseñó a identificar a determinadas personas como enemigas de Dios? ¿Quiénes sembraron en sus mentes aquellas acusaciones que terminaron convirtiéndose en justificaciones para la violencia?

No conocemos todas las respuestas, y no debemos inventarlas. Pero las preguntas nos conducen a una responsabilidad que las Escrituras toman muy en serio: la influencia de nuestras palabras sobre otras personas.

Santiago 3:1 advierte:

“Hermanos míos, no sé si muchos maestros, sabiendo que recibiremos mayor condenación”.

¿Por qué semejante advertencia?

Porque enseñar no consiste solamente en transmitir información. También influimos en la manera en que otras personas piensan, interpretan la realidad y actúan.

Un maestro puede ayudar a formar una conciencia madura, pero también puede contribuir a deformarla.

Un pastor puede enseñar a su congregación a examinar las Escrituras, o puede acostumbrarla a aceptar sus opiniones sin cuestionamientos.

Un líder puede promover la prudencia y la justicia, o puede alimentar sospechas, resentimientos y divisiones mediante afirmaciones que nunca verificó.

Y esto no se limita al púlpito. También aplica a quienes utilizamos las redes sociales, escribimos artículos, enseñamos en instituciones académicas o participamos en los medios de comunicación.

Éxodo 23:1 dice:

“No admitirás falso rumor. No te concertarás con el impío para ser testigo falso”.

La instrucción es clara. No debemos convertirnos en instrumentos de difusión de falsedades.

Santiago también compara la lengua con un pequeño fuego capaz de incendiar un gran bosque.

Una acusación irresponsable puede destruir una reputación. Un rumor repetido suficientes veces puede terminar siendo aceptado como verdad. Una interpretación manipulada puede provocar odio contra personas que jamás tuvieron la oportunidad de defenderse.

Por eso, quienes enseñamos tenemos una obligación particular de distinguir entre hechos comprobados, interpretaciones, opiniones personales y simples sospechas.

Y cuando descubrimos que nos equivocamos, también tenemos la responsabilidad de corregir públicamente lo que afirmamos. No hacerlo puede convertir nuestra influencia en una herramienta de injusticia.

La humildad de reconocer que no lo sabemos todo

Quisiera detenerme en otro elemento de estas historias.

Ninguno de los tres hombres tenía conocimiento suficiente sobre aquello que utilizaba para justificar sus acciones. Uno no comprendía una palabra. Otro desconocía el contenido de un libro. El tercero aceptaba acusaciones sobre escritos que no podía leer. Pero reconocer una limitación no es vergonzoso.

Todos desconocemos muchas cosas. Por más años que llevemos estudiando, enseñando o investigando, siempre habrá asuntos que no dominamos. El problema comienza cuando dejamos de reconocer nuestras limitaciones y pretendemos hablar con autoridad absoluta sobre aquello que no comprendemos.

Proverbios 12:15 declara:

“El camino del necio es derecho en su opinión; mas el que obedece al consejo es sabio”.

La sabiduría no consiste en tener siempre una respuesta. En muchas ocasiones comienza con la humildad de reconocer que necesitamos aprender. A lo largo de mi experiencia académica y profesional he aprendido a valorar una expresión que algunos parecen considerar una debilidad: “No lo sé”. No lo sé, pero puedo investigar. No conozco todos los detalles, pero puedo escuchar. No comparto tu interpretación, pero quiero comprender cómo llegaste a esa conclusión.

Puedo estar equivocado, y si las evidencias lo demuestran, debo tener la integridad suficiente para corregirme. Eso no es falta de convicción. Es responsabilidad intelectual y madurez espiritual.

Santiago 1:19 nos exhorta a ser prontos para oír, tardos para hablar y tardos para airarnos.

¡Cuántas controversias evitaríamos si aprendiéramos a practicar esa enseñanza!

Antes de señalar a otros, examinémonos a nosotros mismos.

Sería muy sencillo terminar este escrito condenando a los extremistas religiosos que protagonizan nuestras tres parábolas.

Pero hacerlo sin examinarnos personalmente sería perder gran parte de la enseñanza. Porque también dentro del cristianismo podemos encontrar personas que repiten acusaciones sin verificar su veracidad, condenan doctrinas que nunca estudiaron, descalifican a quienes piensan diferente y confunden la lealtad hacia un líder con la fidelidad a Jesucristo. También podemos encontrar creyentes que conocen perfectamente las consignas de su grupo, pero desconocen los argumentos de quienes los critican.

Y, lamentablemente, pueden existir líderes que prefieren seguidores que nunca cuestionen sus afirmaciones antes que discípulos capaces de estudiar, investigar y discernir.

Sin embargo, la Gran Comisión no consiste en formar admiradores de nuestras opiniones. Jesús nos mandó hacer discípulos y enseñarles a guardar todas las cosas que él nos ha mandado (Mateo 28:19-20).

Nuestra responsabilidad es conducir a las personas hacia Cristo, no convertirnos nosotros en el centro de su fe.

Por eso considero necesario que recuperemos algo que nunca debimos abandonar: la formación de creyentes capaces de pensar, estudiar las Escrituras, formular preguntas, escuchar argumentos y defender sus convicciones con conocimiento, respeto y mansedumbre. No debemos temerle a las preguntas sinceras. Tampoco a la investigación rigurosa ni al examen responsable de nuestras interpretaciones. La verdad no necesita ser protegida mediante la ignorancia.

En Juan 8:31-32, Jesús relacionó el verdadero discipulado con permanecer en su palabra, conocer la verdad y experimentar la libertad que proviene de ella.

No estaba ofreciendo una invitación al relativismo ni enseñando que todas las opiniones son igualmente correctas. Estaba señalando que la verdadera libertad espiritual está vinculada a conocerlo y a permanecer en sus enseñanzas.

Por eso, una fe madura no debería producir personas incapaces de escuchar, sino creyentes que sepan distinguir entre la verdad y el error sin abandonar el carácter de Cristo.

Una reflexión final

Después de considerar estas tres parábolas, quisiera dejar una pregunta sobre la mesa.

¿Cuántas veces hemos condenado a alguien sin haberlo escuchado? ¿Cuántas veces hemos compartido una acusación porque provenía de una persona en quién confiamos? ¿Cuántas veces hemos defendido una posición sin conocer realmente sus fundamentos?

Y, quizás aún más importante, ¿cuántas veces hemos confundido nuestras opiniones personales con la voluntad de Dios?

No olvidemos que Saulo estaba convencido de que hacía lo correcto mientras perseguía a los cristianos. Su problema no era la falta de entusiasmo religioso. Era que su celo estaba dirigido contra aquellos a quienes Cristo reconocía como suyos.

Esa realidad debería producir en nosotros una profunda humildad.

La ignorancia puede superarse mediante la enseñanza. El error puede corregirse mediante la verdad. Pero cuando la ignorancia se combina con la arrogancia y se disfraza de fidelidad religiosa, el resultado puede ser devastador.

Como cristianos, no estamos llamados a vivir sin convicciones. Todo lo contrario. Estamos llamados a conocer aquello en lo que creemos, comprender sus fundamentos y vivirlo de manera coherente.

Pero también estamos llamados a la prudencia, la justicia, la misericordia y el amor.

No permitamos que otros piensen por nosotros hasta el punto de renunciar a nuestra responsabilidad ante Dios. No confundamos la repetición de una consigna con el conocimiento bíblico. Y jamás permitamos que nuestro celo religioso se convierta en excusa para hacer daño a quienes Cristo nos mandó amar.

Antes de condenar, escuchemos. Antes de repetir, verifiquemos. Antes de enseñar, estudiemos. Y antes de afirmar que estamos actuando en nombre de Dios, examinemos si nuestra conducta realmente refleja las enseñanzas de Jesucristo.

Porque al final, no será suficiente decir que defendimos apasionadamente nuestras creencias si, en el proceso, abandonamos los mandamientos que afirmábamos defender.

La fe genuina no nos exige dejar de pensar. Nos exige aprender a pensar y actuar bajo la autoridad de la Palabra de Dios.

Y nunca olvidemos que podemos ganar una discusión, recibir el aplauso de quienes piensan como nosotros y sentirnos vencedores de una controversia, pero si para lograrlo hemos tenido que abandonar la verdad, la justicia y el amor, debemos preguntarnos qué fue exactamente lo que ganamos.

“El verdadero liderazgo espiritual no se mide por la cantidad de personas que logramos que repitan nuestras opiniones, sino por nuestra fidelidad a Cristo y por nuestra capacidad de formar discípulos que conozcan su Palabra, disciernan la verdad y tengan el valor de practicarla, aun cuando eso signifique cuestionarnos a nosotros mismos.” Dr. Daniel Marte

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