La Iglesia debe despertar, pero despertar a la verdad

Verdad, prudencia y confianza en el Cordero en tiempos de controversia

Puerto Rico sí necesita una iglesia despierta. Sin embargo, ese despertar no se mide solo por cómo reaccionamos ante lo que otros hacen, creen o dicen. Una iglesia verdaderamente despierta comienza por examinarse delante de Dios.

Se pregunta si enseña con fidelidad, forma discípulos, evangeliza, sirve a los necesitados y administra responsablemente la autoridad espiritual que Dios le ha confiado.

Ese examen también incluye cómo hablamos.

Hoy una publicación puede recorrer todo el país en cuestión de minutos, y una afirmación no verificada puede convertirse en “verdad” para miles de personas. Por eso, el ministro del Evangelio no debe distinguirse por ser el primero en reaccionar, sino por ser alguien en quién se puede confiar cuando habla.

Proverbios establece un principio fundamental para nuestra conducta pública:

“Al que responde palabra antes de oír, le es fatuidad y oprobio.” Proverbios 18:13 — RVR1960

Santiago también nos exhorta a ser:

“Prontos para oír, tardos para hablar, tardos para airarnos.” Santiago 1:19 — RVR1960

La prudencia, por tanto, no es falta de valentía. Es una expresión de dominio propio.

Nuestra autoridad moral no aumenta al hablar más fuerte. Crece cuando quienes nos escuchan saben que procuramos decir la verdad, incluso cuando la verdad resulte menos llamativa que un rumor.


Cuando magnificamos demasiado las tinieblas

Existe un peligro espiritual que puede pasar inadvertido precisamente porque nace de nuestro deseo de defender la fe: podemos prestarle tanta atención al adversario que terminamos por hacerlo parecer más grande de lo que realmente es.

Una organización hace un anuncio. Aparece una imagen en las redes sociales. Alguien utiliza palabras como “ritual”, “satanismo” o “luciferiano” y, rápidamente, todo puede convertirse en una supuesta emergencia espiritual nacional.

Entonces, la conversación deja de centrarse en Cristo y comienza a girar en torno a lo que supuestamente hacen las tinieblas.

Debemos ser cautelosos. La Iglesia no fue llamada a contemplar continuamente las tinieblas para calcular cuánto terreno han ganado. Pedro dice que somos:

“Linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios…Para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.” 1 Pedro 2:9 — RVR1960

Nuestra proclamación tiene un centro. No es Satanás. No es la santería. No es una organización luciferiana. No es un altar. No es una controversia frente al Capitolio. El centro es Jesucristo.

Si nuestra forma de hablar consigue que las personas se impresionen más por el supuesto poder de las tinieblas que por la soberanía de Cristo, algo se ha desviado en nuestra perspectiva teológica.

¿Qué ha ocurrido con el Cordero?

Precisamente por eso, una pregunta como “¿Qué ha ocurrido con el Cordero?” merece una respuesta inequívoca: al Cordero no le ha ocurrido nada que amenace su señorío.

No ha sido desplazado. No ha perdido autoridad. No ha sido debilitado por la cultura secular. No ha sido sorprendido por la aparición de nuevas organizaciones religiosas.

El Apocalipsis no presenta a Cristo preocupado por lo que ha perdido. Lo presenta como el Cordero digno, vencedor y soberano. Juan escucha la proclamación celestial:

“El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza.”

Apocalipsis 5:12 — RVR1960

Esa es la perspectiva desde la cual la Iglesia debe interpretar la historia. No podemos proclamar el señorío de Cristo el domingo y reaccionar el lunes como si una publicación en Facebook hubiese puesto en peligro su Reino. El Cordero sigue reinando. Y precisamente porque Él reina, podemos pensar con serenidad.

Una batalla cuyo desenlace nunca estuvo en duda

Aquí encontramos una verdad aún más profunda.

Afirmar que el desenlace nunca estuvo en duda no significa negar la existencia del conflicto espiritual. Tampoco significa negar la realidad del sufrimiento, del pecado, de la oposición o del mal. Significa afirmar algo sobre la soberanía de Dios.

La historia de la redención nunca fue una competencia entre dos poderes equivalentes.

Satanás no es el equivalente de Dios. No existe un dualismo bíblico en el que Dios y Satanás sean dos fuerzas comparables, en pugna por determinar quién resultará vencedor. Uno es el Creador; el otro, la criatura. Uno es eterno y soberano; el otro es limitado. Uno está en el trono; el otro enfrentará juicio.

Desde el propósito eterno de Dios, el resultado nunca estuvo en duda. La cruz no fue un intento desesperado de Dios por recuperar una batalla que ya estaba perdida. Pablo declara que precisamente allí Cristo despojó “a los principados y a las potestades” y los exhibió públicamente, “triunfando sobre ellos”.

Colosenses 2:15 — RVR1960

La resurrección demostró que la muerte no podía retener al Autor de la vida. Por eso Jesús pudo decir, incluso antes del Calvario:

“Confiad, yo he vencido al mundo.” Juan 16:33 — RVR1960

Cristo no llegará al final de la historia preguntándose quién venció. Vendrá a manifestar ante toda la creación la victoria que ya le pertenece. Apocalipsis elimina toda ambigüedad:

“REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES.” Apocalipsis 19:16 — RVR1960

Las puertas del Hades no determinan el futuro de la Iglesia

Esta misma perspectiva debe gobernar nuestra lectura de Mateo 16:18:

“Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.” Mateo 16:18 — RVR1960

La fuerza de esa declaración no depende, en primer lugar, de la organización de la Iglesia, de su influencia política, de su presencia cultural ni de su capacidad para “recuperar espacios”.

Depende de las palabras de Cristo:

“Yo edificaré mi iglesia.”

Él es el sujeto. Él es el constructor. La Iglesia le pertenece. Él garantiza su permanencia. Eso no es una excusa para la pasividad. El mismo Señor que promete edificar su Iglesia nos ordena orar, servir, enseñar, evangelizar y hacer discípulos.

Pero existe una enorme diferencia entre obedecer con confianza y actuar impulsados por el pánico. La Iglesia no trabaja desesperadamente para conseguirle una victoria a Jesucristo. La Iglesia trabaja desde la victoria que Jesucristo ya obtuvo. Esa es la diferencia entre la militancia bíblica y el activismo provocado por el miedo.

La serenidad cristiana también es una expresión de fe

Si Cristo reina, podemos permitirnos verificar los hechos antes de reaccionar. No porque los acontecimientos carezcan de importancia, sino porque el Reino de Dios no depende de la rapidez con que publiquemos una denuncia. Podemos esperar información confiable porque Dios continúa siendo soberano mientras investigamos. Podemos admitir honestamente:

“Todavía no lo sabemos.”

Y podemos hacerlo sin sentir que nuestra fe se debilita. Incluso podemos descubrir que la primera versión de los hechos era incorrecta y rectificarla públicamente. La verdad nunca perjudica legítimamente la causa de Cristo.

La causa de Cristo jamás necesita recurrir a la falsedad para defenderse.

Si para movilizar a las personas tenemos que exagerar; si para provocar indignación presentamos como cierto aquello que todavía estamos investigando; o si atribuimos intenciones que no podemos demostrar, estamos intentando defender la verdad utilizando medios incompatibles con ella. Eso no puede justificarse desde el Evangelio.

Nuestra lucha espiritual y nuestro trato hacia el prójimo

Pablo afirma en Efesios 6:12 (RVR1960) que “no tenemos lucha contra sangre y carne”.

Esa declaración debe tener consecuencias concretas cuando encontramos personas cuya cosmovisión contradice radicalmente la nuestra. Quién practica una religión que consideramos falsa sigue siendo una persona creada a imagen de Dios. Sigue siendo nuestro prójimo. Sigue siendo alguien a quién debemos anunciar a Cristo. Podemos rechazar por completo una doctrina sin dejar de tratar cristianamente a quién la sostiene. Pablo nos ofrece un extraordinario ejemplo en Atenas. Su espíritu se enardecía al contemplar una ciudad entregada a la idolatría (Hechos 17:16 — RVR1960). No relativizó el error ni proclamó la equivalencia entre todas las religiones. Pero tampoco convirtió a los atenienses en enemigos personales.

Razonó con ellos.

Y desde el mismo contexto religioso que encontró en la ciudad, les anunció al Dios que no conocían y proclamó la resurrección de Jesucristo (Hechos 17:22–31 — RVR1960). Esa escena demuestra la confianza del verdadero evangelismo. Pablo no necesitó exagerar el poder de los ídolos para demostrar el poder de Cristo. Le bastó anunciar a Cristo.

La responsabilidad del ciudadano y la responsabilidad del ministro

Nuestra identidad espiritual tampoco cancela nuestra responsabilidad ciudadana. Tenemos derecho a fiscalizar al Gobierno, exigir transparencia, defender las libertades constitucionales, cuestionar decisiones administrativas y utilizar los mecanismos legales disponibles cuando entendemos que algún derecho ha sido lesionado. Pero esos derechos también conllevan responsabilidades morales. Una acusación contra un funcionario, una agencia o una oficina gubernamental no adquiere legitimidad simplemente porque sea pronunciada desde un púlpito.

Si afirmamos que determinada autoridad “permitió”, “promovió” o “facilitó” algo, debemos estar preparados para demostrarlo.

El noveno mandamiento no queda suspendido durante una controversia política.

La prohibición del falso testimonio también protege a quienes no nos agradan, a quienes pertenecen a otro partido, a quienes sirven en el Gobierno y a quienes sostienen posiciones contrarias a las nuestras. Para el ministro, la responsabilidad es todavía mayor. Santiago advierte que quienes enseñan recibirán mayor juicio (Santiago 3:1 — RVR1960). Quién ocupa un púlpito no solo transmite información, sino que también administra la confianza de quienes lo escuchan. Cuando un pastor habla, muchas personas presumen que investigó. Cuando un ministro afirma que algo ocurrió, algunos creyentes lo repetirán precisamente porque confían en su palabra. Por eso nuestra responsabilidad no termina diciendo:

“Yo solamente compartí lo que recibí.”

Antes de compartirlo, el ministro de Dios tiene que hacerse una pregunta mucho más importante: ¿Es verdad?

Una iglesia despierta no es una iglesia agitada

Puerto Rico necesita una iglesia despierta. Pero no debemos confundir el despertar con la agitación. Una iglesia puede estar tremendamente agitada y, al mismo tiempo, profundamente dormida respecto a lo que verdaderamente importa. Podemos movilizar a cientos de personas en torno a una controversia y seguir sin discipular adecuadamente a nuestros hijos. Podemos escribir miles de publicaciones contra las tinieblas y seguir descuidando al pobre. Podemos denunciar cada expresión cultural que contradiga nuestra fe y seguir sin formar creyentes capaces de explicar por qué creen lo que creen. Por eso el despertar que necesitamos debe ser mucho más profundo. Necesitamos una Iglesia cuya presencia pública sea fruto de su fidelidad privada.

Una Iglesia cuyo valor nazca de la oración. Cuya firmeza doctrinal vaya acompañada de carácter. Cuya participación ciudadana esté gobernada por la verdad. Y cuyo testimonio produzca esperanza en lugar de miedo.

Una iglesia verdaderamente despierta no necesita inventar enemigos para descubrir su propósito. Ya recibió su misión de Cristo.

Volver los ojos al Cordero

Después de tanto ruido, quizá esta sea la corrección que más necesitamos. No tenemos que preguntarnos obsesivamente cuánto terreno hemos perdido. Tenemos que preguntarnos: ¿Hacia dónde estamos mirando?

Si miramos continuamente las tinieblas, terminaremos hablando más de ellas que de Cristo. Y una Iglesia que habla más del poder del enemigo que de la grandeza de su Señor puede terminar por producir miedo, incluso mientras afirma que lo combatiendo.

Nuestra mirada debe volver al Cordero.

No porque ignoremos la existencia del mal, sino porque sabemos que el mal no tiene la última palabra. No porque neguemos la batalla espiritual, sino porque sabemos que su desenlace nunca estuvo en duda.

No porque seamos ingenuos respecto al mundo, sino porque nuestra esperanza no descansa en la capacidad de una sociedad para conservar una etiqueta cristiana. Nuestra esperanza descansa en la fidelidad del Hijo de Dios.

El Cordero que fue inmolado vive. Su resurrección convirtió la tumba —el mayor símbolo del poder de la muerte— en evidencia de su derrota. Cristo resucitado reina. Y quién reina volverá en gloria. Por eso la Iglesia puede vivir sin miedo. Y precisamente por eso debe vivir con responsabilidad. Cuando aparezca el próximo rumor, la próxima provocación religiosa o la próxima controversia pública, nuestra primera preocupación no debería ser demostrar cuán rápido podemos reaccionar.

Debería demostrarse que el Evangelio que proclamamos ha producido en nosotros suficiente verdad, prudencia y dominio propio para responder de manera diferente.

Porque el trono no quedó vacante mientras verificábamos los hechos. El Reino no estuvo en peligro mientras actuábamos con prudencia. Y el Cordero jamás dejó de reinar mientras las redes sociales hacían ruido.

Esa es la seguridad desde la cual debe hablar la Iglesia. Y esa es también la responsabilidad que tenemos como ciudadanos, ministros, pastores y pueblo de Dios: ser fieles a la verdad porque pertenecemos a Aquel que es la Verdad; hablar responsablemente porque representamos su nombre; y enfrentar las tinieblas sin miedo porque conocemos al Cordero que venció y que viene en gloria.

No necesitamos salvar a Cristo de sus enemigos. Necesitamos ser fieles al Cristo que ya los venció.

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